lunes, 14 de agosto de 2017

J. Sabina o el arte de la palabra



Cerrado por derribo (o Nos sobran los motivos) es una canción de desamor, como muchas del autor ubetense. Es una despedida melancólica, un repaso al feliz pasado visto desde un triste presente: sería algo así como una actualización del tópico medieval ubi sunt?  ¿Qué fue de nuestra relación? ¿En qué ha venido a parar? Una relación, herida de muerte, que ninguna de las dos partes se atreve a terminar por cobardía o por desidia (“esta forma tan cobarde de no decirnos que no”, “la llamaré mañana, hoy se me hizo tarde”).
Las musas del cantautor en 1999, a sus cuarenta y diez, se encontraban a pleno rendimiento. Escribió, al menos, 17 estrofas distintas de esta misma canción y muchas de ellas con ligeras, pero significativas, diferencias entre el disco y sus actuaciones en público. El texto es todo un tratado de recursos expresivos que puede servir para explicar, por sí mismo, el lenguaje literario o figurado.  
Toda la canción está estructurada en torno a una larga –larguísima- serie de enunciados que comienzan con un demostrativo (“este”, “esta”, “estos”), lo que convierte al texto en una extensa anáfora. La mayor parte de los versos son metáforas del desamor y la tristeza (“almacén de sábanas que no arden”, “huelga de besos”, “penal del puerto sin vis a vis”, “manchas de soledad”…); otras, mezcladas con la sinécdoque, son un ejercicio de condensación expresiva (“estos huesos que vuelven de la oficina”); y otras, por explícitas, no necesitan comentario (“por el túnel de tus piernas”) . El políptoton, recurso habitual a lo largo de su obra, aparece varias veces (“este reloj de arena del arenal”, “esta sala de espera sin esperanza”, “esta necesidad de necesitarte”…). Las figuras que podríamos englobar bajo el epígrafe “antónimos”, como la ironía, la paradoja o la lítotes son muy útiles para expresar esa mezcla de sensaciones entre el pasado y el presente o entre sensaciones opuestas (“esta forma tan cobarde de no decirnos que no”, “este virus que no muere ni nos mata”, “el viejo Peter Pan”, “qué poco rato dura la vida eterna”…). El paralelismo, que suele ir acompañando a la antítesis, también tiene su sitio (“ni se olvidan de tu cara ni se acuerdan de tu cruz). Abundan también los juegos de palabras como el paragrama (“esta espina de pecado”) o la siempre complicada dilogía (“este rosario de cuentas infelices calla más de lo que dice pero dice la verdad”). La personificación y la hipálage pueden aparecer juntas (“esta guitarra cínica y dolorida”). La sinestesia, en este caso mezclada con la dilogía (“por las arrugas de mi voz”), es un recurso doble: la aspereza de su voz y las arrugas propias de su edad. Por último, habría que añadir las referencias culturales (“el viejo Peter Pan”, “estos besos de Judas”, “con su terco knock knockin´ on heaven´s door”) y los intertextos nerudianos (“los versos del capitán” o “los últimos versos que te escribo”) que salpican el texto.
Aunque mis palabras puedan sonar irónicas, esto es un somero comentario de las posibilidades expresivas de esta canción, cima, a mi entender, de la obra del madrileño jiennense.

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